lunes, 27 de octubre de 2008

hipotermia

La inquietud y la calma pueden llevarse bien algunas veces. Eso me lo enseño su persona, su personaje para ser más precisos. No puedo encontrar dentro de mi memoria otra persona con características similares a las que encontré en su ambigüedad de ser. No estaba preparado para algo así, lo confieso, aunque le duela al narciso maduro que llevo dentro. Creía, estaba convencido de estar listo para enfrentar a cualquier ser humano. Incluso los tenía clasificados en tipologías inventadas por mi, a las que consideraba bastante acertadas: “El avaro”, “El perspicaz”, “El pedante”, “La malcriada” y muchos más que no me atrevería a plasmar en estas páginas, por miedo de pecar de ingenuo. Ahora que me detengo a pensarlo, creo que efectivamente lo fui. Usted no encajaba en ninguna de las categorías que había inventado para mi mundo, con el objetivo inconciente pero claro de sostenerlo y darle lógica. A decir verdad, usted no encajaba en mi mundo. Pero en fin, allí estaba. Distante y en otro plano, pero estaba.
Me llamó de inmediato la atención desde que la conocí, la belleza descomunal que albergaba su persona. Todo en usted era hermoso, anormalmente divino. Me sorprendió el hecho de encontrar un humano de tan exquisitas proporciones. Su pelo era dorado, como el que describen los autores naives en los relatos de campiña, sol y hierba fresca.. No existía una razón mundana que pudiese explicar la dulzura del color de sus cabellos. Me sentía francamente embriagado por sus matices, su perfección, su aire dramático e irreal. Todo su cuerpo formaba una perfecta simetría con mis ojos cansados de belleza, sus brazos finos, su torso romano, la armonía soberbia de todas sus líneas. Temo decirle que tanta hermosura resultaría, al final del cuento, lo que me impediría tajantemente pensar en usted como una persona terrenal.
O fueron sus ojos. Yo creo, a la distancia, que fueron sus delicados y profundos ojos verdes, los que me alejaron categóricamente de usted. Eran un espejo. Si, un espejo, y yo era la luz. Y rebotaba en ellos todo el tiempo, sin quererlo, sin poder hacer nada contra ese campo magnético de sus ojos que actuaba como una fortaleza medieval. Me atribulaban, me vencían implacables en su afán de defender el castillo inexpugnable de su alma.
No me atrevería a hablar de su alma. Me sentiría como aquellas personas que hablan sistemáticamente de temas que no conocen, adoptando aires de afectación y seriedad que me resultan sinceramente irritantes. Quién soy yo para hablar de su alma! Quién, en todo el mundo, si nunca vi siquiera un atisbo de ella. Y con esto me arriesgo a interpretaciones malintencionadas de terceros sobre usted, porque no encuentro forma mejor de expresar la ignorancia que detento en materia de su espíritu. Porque no quiero decir con esto que usted no lo tenga, por favor, eso sería absurdo. Su alma estaba, como ya lo he aclarado antes, tras una muralla enorme, infranqueable, generada por el sublime resplandor de sus ojos. Sus ojos que en apariencia miraban sin ver.
Intenté develar sus secretos, pero ya era muy tarde. Descubrí que me conformaba yo, con la imagen enigmática que tenia de usted. No quería por nada del mundo que la fosforescencia de sus ojos se apagara, ni por un momento. No deseaba que la muralla cayera, que su alma se liberara como lo hacen las gotas de tinta en el agua de la lluvia. Quería conservar su recuerdo tal como mi imaginación lo había construido. Hermosa, suave, distante, impávida. Era mi deseo que continuase por un rato sacándome de mi mundo habitual, mostrándome una realidad que no conocía. Me desconcertaban sus formas, su presencia encantadora y a la vez imperturbable, helada. No quería y no pedía nada más de usted, por eso la calma de encontrarla así, tan inquietante y glacial. Me entregué a su presencia hechicera, no opuse resistencia y usted me devolvió a mi mundo en cuanto pudo. Fue como si nunca nos hubiésemos conocido.

No hay comentarios: